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Libro “EL MANUAL SAMURAI” : EL MERCADER

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#TatianaOrellana

Samurai-1

Fuente: Maestro Fenix

Era una hermosa mañana, los pájaros cantaban en las copas de los verdes árboles, el joven sol irradiaba una luz clara que ya empezaba a despertar una cálida brisa de verano. Kan aspiro fuerte, las suaves fragancias del bosque penetraron en su espíritu despertando ansias de aventuras.

Desde la altura, el Joven Samurai podía dislumbrar el poblado, hoy estaba muy animado pues era día de fiesta. Con los reflejos de un experto Samurai, Kan, calculó de forma precisa la distancia hasta la rama siguiente y saltó. Era un alto de casi cuatro brazos metros a una altura de casi seis hombres uno encima del otro. El joven voló como una gaviota hasta la rama y sacando una larga cuerda la ató alrededor del tronco del árbol para asegurar su posición.

Desde aquí podía ver todavía mejor el pueblo. Miles de personas venidas de muchos kilómetros a la redonda se reunían hoy para comprar, vender y comerciar con todos aquellos que pudieran. Desde la lejanía se distinguían los caballos, los carros de frutas y los grandes puestos de telas. Estos últimos eran su objetivo. Pretendía comprar un trozo de tela de la más alta calidad para regalárselo a la hija de unos de los cocineros del ejército de su padre.

Era una joven sólo un poco mayor que él, tenía el pelo más bonito que nunca había visto. Era negro como la noche, y cuando el sol se reflejaba en sus largos cabellos parecía que cientos de pequeñas estrellas brillaran resaltando su hermosura.

Ayer, mientras comía con su equipo Rosana (como había sabido después que se llamaba) le había servido la comida, ella le había preguntado “¿Quieres más pescado?” y él se había quedado embobado mirando su precioso pelo. Todavía se sentía avergonzado al recordar como los veinte miembros de su equipo que estaban comiendo con el habían callado de repente y se habían quedado mirándole sorprendidos, como si estuvieran esperando que él dijera algo. La cara de Kan se estaba volviendo a teñir de rojo igual que cuando se sonrojó cuando Omius, el primero de sus Samurais le dijo “Valla valla! Si parece que nuestro joven superior está creciendo!”. Aquello fue vergonzoso ¡Él sólo estaba contemplando su pelo! ¿Que tenía de malo?. Por desgracia la joven se sintió mucho más avergonzada que él y se marchó corriendo mientras lágrimas de vergüenza resbalaban por sus mejillas, en la carrera se le resbaló la bandeja de pescado cayéndosele encima del vestido. En ese momento Kan había intentado levantarse, pero Escila, una nueva Aprendiz que se había incorporado hacía poco, le detuvo agarrándole firmemente el brazo y diciéndole por lo bajo… “No vallas o la avergonzarás aun más ¿Es que no sabes nada de mujeres?”. Kan se había sentado inmediatamente, tenía 12 años y realmente no sabía nada de mujeres. Así que se quedó quieto, contemplando como la chica del pelo precioso miraba su vestido y replicaba “No! ¡Mi vestido nuevo! Esta mancha no se quitará nunca!” y poco después desaparecía en dirección al río. El jovenSamurai había mirado entonces interrogativamente a su rubia compañera, la cual había comprendido su pregunta y le había respondido “La chica tiene razón, esa mancha no se quitará nunca. Ya puede ir comprando una tela para coserse un vestido nuevo!”.

Esas palabras se habían quedado grabadas en la memoria del joven, así que hoy por la mañana, había cogido su bolsa de dinero y se había puesto de camino al mercado. Pretendía comprarle la pieza de tela más bonita que nunca hubiera existido para pedirle disculpas por haberla avergonzado tanto con su comportamiento. Kan no quería reconocerlo, pero su corazón latía deseoso de volver a contemplar esa bella cabellera negra.

Después de bajar del árbol, y caminar unos pocos minutos más, Kan llegó al enorme mercado. Este tenía cubierto todas las callejuelas del pueblo, incluida la gran plaza central, con tenderetes de mercaderes ofreciendo sus productos a gritos. El barullo, tanto de voces como de personas, era abrumador. Kan estaba acostumbrado al orden de su ejército y este loco ir y venir embotaba sus sentidos… no lo suficiente como para no notar una ligera mano que intentaba sacar su bolsa de su cinturón.

– ¿Qué haces? – Preguntó Kan dándose la vuelta y agarrando mejor su bolsa. Al mirar sólo encontró a un pequeño chiquillo, de unos seis años de edad, cubierto por unos harapos roídos. Su piel, debajo de una gran capa de barro y suciedad, se había vuelto blanca como la leche. Su cara contestaba perfectamente la pregunta del joven Samurai. Así que antes de que su interlocutor pudiera contestar añadió… – ¿Por qué haces esto?

– Necesito dinero para comer – dijo el niño mirando directamente a Kan con unos ojos suplicantes – Mi estómago me duele y nadie me da de comer – añadió llevándose la mano al estómago distraídamente – Por favor señor, no me haga daño, no pretendía quitárselo todo, sólo una moneda para poder comer – Las lágrimas recorrían los jóvenes ojos del pillo. A Kan, su tierno corazón le dolía por la miseria que estaba teniendo que pasar ese desconocido, nadie merecía llevar ese tipo de vida… y menos aun un niño tan pequeño.

– No te preocupes, no te voy a hacer ningún daño – Dijo Kan, aunque en la temerosa mirada del joven ladronzuelo vio que sus palabras no eran creídas. Kan recordó la experiencia de las palomas con el viejo sabio e intento otra estrategia distinta – Te voy a dar de comer, ya que tienes tanta hambre, elige tú el sitio y pide lo que quieras. – Los ojos del niño brillaron de ilusión ante estas palabras, al ver que su nueva estrategia funcionaba añadió – Tengo dinero de sobra, así que come todo lo que quieras.

– Aquí al lado hay una tasca buenísima… y muy económico! – Dijo el pillastre animado

– Perfecto! – Respondió Kan – Después de todo yo tampoco he desayunado hoy… se me ha olvidado! – añadió rascándose la cabeza graciosamente.

El joven ladronzuelo se lanzó, casi a la carrera a la tasca seguido por el joven Samurai que no deseaba perderlo de vista ni por un segundo. Al cruzar la esquina los más sabrosos olores de los manjares más apetecibles llenaron las narices de Kan. El pillastre enseguida encontró una mesa libre en un rincón apartado y tapado por las sobras e invitando a sentarse en un banco de madera en frente de él al jovenSamurai levantó la mano para llamar al camarero, igual que si fuera un gran señor en un restaurante de lujo. El dueño, al ver esto escupió un trozo de una rara planta que estaba masticando y se encamino hasta la mesa donde estaban sentados los dos niños.

– ¿Que van a tomar los señores? – Dijo sarcásticamente – ¿Un baso de agua del pozo? – Y antes de que pudieran decir nada añadió – ¡Anda mocosos largaos! ¡Tengo que atender a los clientes de verdad!

– Este niño quiere comer, traiga algo para él – Dijo Kan ignorando las palabras del mesonero.

– Este niño… – respondió el dueño levantándolo de una oreja e intentando sacarlo de la mesa – Es un ladrón que ya me ha robado más de una hogaza de pan de las mesas y que como vuelva a verlo por aquí le voy a cortar el cuello…

El mesonero calló instantáneamente al sentir el agudo filo de la espada Katana del joven Samurai en su garganta.

– Puede ser… – contestó fríamente Kan, con un tono de voz que heló la sangre en las venas del apestoso hombre… aun cuando la amenaza provenía de un niño de 12 años de edad – Puede ser que seas tú, apestosa inmundicia, quien quiera cortarle el cuello a mi amigo – y después de hacer una pausa añadió – pero voy a ser yo quien te corte el cuello a ti como no le sirvas como es debido.- El rostro del mesonero estaba blanco como la leche, no esperaba esto de un niño tan joven, había supuesto que era un ladronzuelo compañero del otro niño y sin embargo había manejado una espada Katana como si fuera una prolongación de su brazo – Debería caérsele la cara de vergüenza por no dar de comer a un niño necesitado… sin embargo aquí tiene – Y poniendo una valiosa moneda de oro encima de la mesa añadió – Esto pagará todo lo que pueda comer este niño durante tres años ¿No es así? – El apestoso mesonero asintió con la cabeza – Pues tómelo y hágalo como yo le digo o vendré y se arrepentirá – dijo saliendo de las sombras donde estaba sentado y poniéndose a la luz para que pudiera verlo bien.

El dueño del local quedó totalmente pasmado al reconocer que el joven vestía las ropas de un Samurai… incluida la Katana que todavía mantenía apoyada en su cuello… al final de la cual pudo ver la característica empuñadura dorada-plateada símbolo de un verdadero Samurai entrenado.

– S.. Se… Señor! – dijo al fin – Por favor, perdone! – suplicó – Sé que no me he portado como he debido, tendría que haber atendido a este niño… – rápidamente añadió – a partir de hoy daré de comer a todos los niños pobres del pueblo… ¡Puedo hacerlo! – Añadió – Soy dueño de la posada más grande del pueblo y todos los días me sobra comida para darla de comer a un regimiento – y para intentar solucionar las cosas dijo – a partir de ahora le daré esta comida a los pobres en vez de tirarla a la basura ¡Os lo juro! Pero perdonarme la vida por favor!!!

Kan retiró la katana del cuello del mesonero y posando otra moneda de oro en la mesa añadió. Ahora tráenos un plato de cada una de las más ricas exquisiteces que tengas… – y mirándolo a los ojos añadió – y no intentes nada raro, yo soy Kan. El hijo de Kazo, el general de generales. Y en caso de que me pasara algo…

– ¡No os preocupéis Señor! ¡Yo nunca mancillaría mi comida ni haría nada raro! ¡Y menos aun con un cliente que paga tan generosamente!!! – y cogiendo las monedas de la mesa marcho rápidamente a encargar en la cocina los platos ordenados y a descansar un buen rato para quitarse el susto de encima.

Cuando desapareció los dos niños se pusieron a reír a carcajada limpia.

– ¿Le has visto la cara Kan? – dijo el ladronzuelo riéndose estrepitosamente – Yo creía que se iba a hacer pis encima!!!

– ¿Crees que me habré pasado? – Preguntó sintiéndose culpable el joven Samurai – …quizás no tenía que haber sido tan brusco…

– ¡De eso nada! – Contestó su reciente amigo – ¡Tú no sabes las palizas que me ha dado por coger trozos de pan rancio de las mesas! ¡Es un indeseable! – y mirándolo con una cara de agradecimiento infinita añadió – … y tú lo has cambiado en un minuto! Los pobres llevábamos meses intentando convencerle de que nos diera los restos de comida que tira por la noche, pero el mal nacido tiraba esos restos a cuatro perros asesinos que tiene en la parte trasera del local… los perros desperdiciaban toda la comida y mientras nosotros nos moríamos de hambre – y abrazándole añadió – ¡Eres mi salvador! ¿Qué puedo hacer por ti?

– Bueno… – dijo Kan pensativo – parece que conoces bien el pueblo ¿Podrías llevarme a la zona de las telas después de comer?

– ¡Naturalmente! – Dijo mientras empezaba a llenarse la boca con las carnes y las frutas que empezaban a traer las camareras… pues misteriosamente el mesonero había desaparecido para todo el día!

– ¿Cómo te llamas? – Dijo Kan sirviéndose un poco en su plato

– Pibio – Contestó con la boca rebosante de comida – aunque los amigos me llaman Pio.

 

Cuando hubieron acabado de comer, Kan y Pio salieron de la posada para encaminarse a la zona del pueblo donde los mercaderes ofrecían telas de todos los tipos. Allí Kan encontró telas fuertes y bastas, las grandes telas con las que se hacían las tiendas de campaña de los Samurais, ligeras telas de velos y finalmente las finas telas que utilizaban las mujeres para hacerse sus vestidos.

– ¿Qué te parece? – Preguntó el joven Samurai al ladronzuelo.

– A mi me parecen todas preciosas – dijo con la boca abierta.

En ese momento Kan reparó en que su amigo sólo portaba unos harapos que estaban totalmente destrozados, por lo que era natural que cualquier trozo de tela le resultara fantástica.

– ¿Tenéis ropa para niño? – Preguntó Kan al mercader

– Sí, en la parte de atrás joven señor – y lanzando una codiciosa mirada a la repleta bolsa del jovenSamurai añadió – ¿Queréis finos trajes de fiesta quizás?

– No – contesto Kan, y después de mirar a su amigo añadió – Pio necesita una ropa más práctica ¿No tenéis un Kimono del estilo de los Samurais?

– Voy a mirar y le traeré algo de su talla – Dijo desilusionado el mercader, un kimono era una prenda corriente y barata, mientras que un traje le hubiera aportado muchos más beneficios.

– ¿Un Kimono? – Preguntó Pio mirando de arriba a bajo a Kan – Te lo agradezco mucho… pero destacaría demasiado!

En ese momento volvió el mercader con una codiciosa mirada en sus ojos.

– Perdonarme joven Señor, pero Kimonos no tengo – y mostrando el bulto que traía escondido añadió – Pero tengo este precioso y … resistente – dijo resaltando la palabra – traje para vuestro amigo – La prenda en cuestión era un traje de cuerpo entero que parecía muy práctico y discreto. Era de una sola pieza y se abrochaba por un lado con unos lazos de cuero blando. Sobre una tela gruesa y resistente estaban cosidas laminas de cuero, y en su interior un suave forro prometía un agradable confort. Kan miró disimuladamente a su amigo, el cual estaba visiblemente enamorado de esa práctica prenda.

– Muy bien ¡Nos la quedamos! – Sentenció Kan – ¿Qué cuesta? – dijo abriendo su bolsa en la que relucieron muchas monedas.

– Una moneda de oro Señor – dijo alargando rápidamente el mercader para tomarla el mismo de la bolsa… por si el niño no sabía distinguirla naturalmente.

– ¡LADRÓN! – Gritó Pio… dejando totalmente paralizado al mercader que sólo se atrevió a retirar su mano vacía lentamente.

– ¿Qué dices? – Preguntó el Joven Samurai a su amigo.

– Qué es un Ladrón! Esta prenda no vale más de cinco monedas de bronce – Regateó el Joven Pillastre.

– ¿De verdad? – dijo Kan mirando sorprendido al Mercader – Si me dijisteis una moneda de Oro!

– ¿De oro dije? – dijo tímidamente, para reaccionar ante el regateo y contestar – Quise decir de Plata… quizás me confundí al decir Oro, pero iba a tomar una de Plata. Que es su valor justo y exacto.

– Tomar entonces – Dijo Kan poniéndole una moneda de plata en las manos – Me parece justo! ¿Puede cambiarse en vuestra tienda mi amigo?

– ¡Naturalmente! – Y señalando una cortina colgada contra una esquina de la calle dijo – ahí puede cambiarse el señorito.

Pio corrió detrás de la cortina y se cambio rápidamente… y después de rebuscar entre los pliegues de los harapos los dejó tirados en una zona oscura de la calle.

– Así si alguien los necesita podrá utilizarlos – Exclamó alegremente.

Kan miró los roídos harapos dudando de que sirvieran ni de cama a un gato callejero. Callándose sus pensamientos miró a su reciente amigo y quedó sorprendido ante el porte que desvelaban estas nuevas ropas en sus carnes.

– ¡Guau! ¡Qué bien te quedan! – Exclamó asombrado

– ¿De verdad? – y mirándose en un espejo de bronce situado cerca del cambiarropa exclamó – ¡Parezco un niño normal!

Ante el comentario a Kan se le calló el alma al suelo.

– ¿Por qué estás en las calles? – Preguntó el joven Samurai.

– Mis padres murieron hace seis meses, una peste mató a toda mi familia y a todos mis parientes… – Por las mejillas del niño caía una solitaria lágrima – yo enfermé también, pero un día desperté curado en una habitación llena de cadáveres… los aldeanos creían que estaba muerto y me tiraron junto a los demás. Yo conseguí salir… y escapé hasta aquí temiendo que me volvieran a encerrar en esa habitación. – Y después de tomar aire añadió – Desde entonces vivo de lo que puedo… mi padre era un mago, un malabarista, me enseñó muchos trucos… como sacar una moneda de una bolsa atada a un cinturón! Sin embargo no me gusta hacerlo si no es en un espectáculo de magia, mi padre me advirtió que hacerlo en la calle está mal y que es robar… – y mirando al suelo terminó por decir – pero mi estómago…

Kan no sabía que decir, tenía el corazón destrozado. De momento no sabía que podía hacer, pero se prometió que después de encontrar la tela que buscaba encontraría una solución!

– Estás telas no son demasiado buenas – cortó el incómodo silencio Pio – Aquí detrás del biombo he oído a una señoras decir que cerca de aquí hay un mercader que tiene unas telas mucho mejores que estas. ¡Quizás sea lo que estás buscando!

– ¡Sí! – Respondió entusiasmado Kan – ¡Quiero la mejor tela del pueblo! ¿Dónde dijeron que era?

– Allí enfrente, en esa casa verde! – Dijo señalando una pequeña casa pintada de verde que contaba con una extraña verja delante de su puerta. Tanto la verja como la puesta estaban cerradas, sin embargo vieron que en esos momentos salía de las casa una señora con un gran trozo de tela rosa muy fina y una gran sonrisa en su cara. – Preguntemos a la señora! – Y después de acercarse a la mujer con la tela en la mano preguntó – ¿Venden telas ahí?

– Sí hijito sí, y las mejores del pueblo!!! – Y acariciando el gran trozo de tela rosa que llevaba en las manos añadió – Este trozo de tela es de una calidad muy superior a estas telas que venden por la calle. Y además me ha salido por un precio muy bueno ¡Mis amigas se van a morir de envidia con el vestido que me voy a hacer! – Y dando por terminada la conversación se marchó corriendo a su casa a empezar a hacerse su deseado vestido.

– Esto quiero hacerlo sólo – dijo Kan – Necesito estar concentrado – y después de ver la cara de pena de su amigo añadió – ¿Por qué no tomas estas monedas y vas a jugar a esas atracciones que están en la plaza? Puedes ver el espectáculo de magia y venir a buscarme cuando termine ¿Lo harás?

– Sí ¡Vendré a buscarte! – Contestó ilusionado al ver la sincera mirada de su amigo Samurai – ¡Suerte con tu compra! – añadió, y marchó corriendo a contemplar en espectáculo de magia que ya estaba comenzando.

Kan se dirigió a la verja, había una campanilla y tirando de la cuerda la hizo sonar. Una criada de unos veinte años salió de la casa y abriendo la verja invitó a pasar al joven Samurai. Después de acompañarle hasta el salón de dentro de la casa y sentarle en unos cómodos cojines le indicó que esperara unos minutos.

Kan miró a su alrededor, el Salón era grande y espacioso, su suelo estaba cubierto por una bella alfombra de muy alta calidad, en las paredes lucían unos exquisitos tapices y la ventana estaba tapada por una blanca y fina seda translucida que permitía pasar la cálida luz del Sol mientras guardaba la intimidad de la estancia. Aparte de estos adornos, ninguna otra tela había en la estancia. Kan extrañado ante la diferencia de este local y los de los mercaderes de la calle se preguntaba si realmente venderían las más finas telas en este sitio.

Al momento entró un hombre alto, de mediana edad, con la cara rasurada y un pelo muy negro finamente cortado. Vestía un traje de una seda exquisita que producía un muy agradable sonido al frotarse pliegue contra pliegue. El hombre olía a menta y a incienso, en una agradable fragancia que penetraba lentamente por los pulmones. Kan no pudo resistir la tentación de acariciar la suave tela que conformaba el traje del hombre.

– ¡Sí! ¡Esto es lo que busco! – Dijo plenamente convencido.

– ¿Mi traje? – Preguntó el hombre con una mueca de sorpresa que no ocultaba una cálida sonrisa.

– No perdón! – respondió Kan – La tela! Busco una tela de la más alta calidad.

– ¿Para qué la quieres? – Preguntó

– Para una… amiga – contestó el joven sonrojándose.

– Entiendo – Contestó el hombre – ¿Y cómo es ella?

– Preciosa – respondió Kan automáticamente sin haberlo pensado, después pensando que no sería bastante añadió – Es un poco mayor que yo, un par de dedos más baja… Y tiene un pelo negro precioso!- Aseguró.

– Ya – dijo sonriendo ligeramente el hombre – ¿Y cómo es su piel?

– ¿Por qué lo pregunta? – Preguntó extrañado Kan

– Para poder escoger la tela ideal para tú… amiga. – dijo sonriendo – es imprescindible saber como es su piel, su cara, sus volúmenes, su personalidad, su edad y sus costumbres. Sólo así podremos escoger la tela ideal.

– Ah! No lo sabía – respondió simplemente el joven Samurai – Pues como ya te dije debe tener uno o dos años más que yo, tiene el pelo muy negro, brillante y largo… hasta aquí – dijo señalándose la cadera – su piel es muy pálida, blanca como la luna. Es delgada, pero no demasiado. Tímida y vergonzosa… aunque tengo oído que también tiene buen genio cuando lo saca! Ayuda a su padre en la cocina y le gusta pasear sola por el campo y el bosque por las tardes… – e intentando hacer memoria añadió – y creo que no sé nada más.

– Es más que suficiente! – dijo el hombre – Sólo necesito un dato más. – y mirándole añadió – La tela, es para un vestido ¿No? – Kan asintió con la cabeza – Y ese vestido es para trabajar o para pasear?

Kan medito un momento, no estaba seguro, sin embargo si la tela iba a ser la mejor… mejor sería que fuese para pasear.

– Para pasear! – Añadió al fin Kan.

– ¿Y tú siempre vistes con esos colores?

– Sí – Respondió automáticamente, y al darse cuenta de la pregunta añadió – ¿Por qué lo preguntas?

– Bueno, si tu novia va a llevar el vestido cuando salga contigo a pasear por el bosque será conveniente que no desentone con tus colores…

El hombre calló cuando vio la cara de sorpresa del joven. Kan se había quedado totalmente quieto, sin respirar siquiera ante la impresión, sólo sus pestañas se movían pestañeando continuamente… era una estampa de un muñeco de feria a tamaño real!

– Perdona. – dijo avergonzado el hombre por su suposición – no quería ofen… bueno! Lo que quiera que se llame el estado en que estas.

Kan dando cuenta de que estaba haciendo el más completo de los ridículos intentó recuperar la compostura desviando la atención hacía otra cosa.

– ¿Qué tipo de tela me llevo entonces? – Preguntó directamente.

– Lo mejor es una Seda, la más fina y exquisita de las telas. Es suave y un poco transparente, pero no demasiado. Dos capas bien colocadas son suficientes para formar el más pudoroso y bello de los vestidos. Con una textura ideal para la fina piel de tu… amiga – dijo sonriendo – El color habrá de ser tenue y suave para que haga juego con su blanca piel mientras que crea un bello contraste con el negro pelo de tú amiga. Quizás un… – y saliendo de la habitación añadió – Espera un momento que te traigo unas muestras.

Kan estaba ya más tranquilo… ¿Qué le habría hecho pensar que era su novia? Si él todavía no tenía de eso… a pesar de las continuas insistencias de su madre, que aseguraba que ya tenía edad para comprometerse con algo más que con sus artes marciales. ¿Tendría razón? Los demás chicos con los que solía jugar de pequeño ya estaban todos prometidos o casados. y tenían su misma edad… cuando Kan estaba pensando esto entró el elegante hombre con tres trozos de la más bella tela.

– Yo te aconsejo este azul suave, es como el cielo… pero un poquito más suave y brillante, para que resalte la belleza y la inocencia de su portadora – Y mientras decía esto puso el trozo de tela encima de una larga mesa que había en la estancia. – Este otro es del mismo verde que los retoños de primavera. Un color muy bueno para pasear por el bosque – Posó el bulto al lado del otro – Y este blanco es también ideal, contrastará con su negro pelo. Aunque si ella es demasiado pálida parecerá un fantasma… eso sí, muy bello.

Como a Kan le parecía un disfraz de fantasma no sería el mejor regalo apartó la tela blanca a un lado. Después miro los dos trozos de tela restantes y decidió quedarse con el azul suave, pues era de un color parecido al que la hija del cocinero había manchado, sólo que mucho más bello y brillante, además la tela era exquisitamente bella y agradable al tacto. Sería un regalo perfecto!

– ¿Cuánto cuesta? – Preguntó Kan echando mano a su bolsa.

– El telar completo cuesta diez monedas de plata – Kan quedó sorprendido de que le dijeran un precio tan justo, sin duda por un producto de esta calidad le habrían pedido cien veces más en la calle… si hubiera conseguido encontrarlo! – sin embargo sólo necesitas llevarte un par de brazas, con lo que serán solo cuatro monedas de plata.

– Me lo llevo todo – y posando las diez monedas de plata encima de la mesa añadió – Muchísimas gracias por tus consejos. Sin tu ayuda no habría encontrado nunca una tela de esta calidad.

– Muchas gracias! – Respondió agradecido el hombre – Espera, guarda la tela entre este mantón de cuero blando, así no se te estropeará por el camino. – Y mientras protegía envolviendo la tela en cuero añadió – Por cierto ¿Quién te ha recomendado mi casa?

– Bueno, en realidad nadie – y al ver la cara de extrañeza de su interlocutor añadió – En realidad pregunté a una señora que salió de su casa con una tela rosa magnífica.

– Ah! ¡Ya me extrañaba a mi! – Y sonriendo añadió – Así que parece que fue la mano del destino la que te trajo a mi casa.

– ¿Usted vive de esto verdad? – Preguntó Kan

– Sí claro, es mi negocio! – y acordándose añadió – Y por cierto, mi nombre es Hano. Con las prisas de tu compra nos olvidamos de presentarnos. Y tú Samurai te llamas…

– Kan, hijo de Kazo – Respondió orgulloso.

– ¿El general de generales Samurai? – Preguntó sorprendido.

– Así es! – Y dando cuenta de una cosa añadió – Y siendo usted comerciante… ¿Cómo es que no está en la calle pregonando sus productos a gritos en un tenderete????

– Bueno, es una larga historia, permíteme que traiga un poco de té.

Al momento volvió con una gran bandeja de plata cargada de un té que despedía un delicioso aroma a menta.

– Este es té mezclado con menta, una exquisitez que se toma en unos países muy lejanos. – Y después de servir una taza para cada uno empezó a contar su historia –

Cuando quise abrir mi negocio no contaba con dinero suficiente para abrir un puesto en la calle. Las autoridades te cobran altos impuestos por ello, y además existen unos gastos inevitables entre comprar la madera y las pinturas. – Hano tomó un trago de su lujosa taza y continuó – La otra opción era coger mis telas e ir a venderlas por las casas, llamando en todas las puertas igual que hacen los vendedores ambulantes, en cuanto a esa opción… bueno, simplemente yo no valgo para eso! – mirando fijamente al joven añadió – Yo soy una persona muy tímida y aunque es cierto que enseguida conecto con la gente y que me gusta tratar con las personas soy incapaz de hacer una sola venta o de regatear decentemente…

– Sin embargo me has vendido un gran trozo de tela – protestó Kan

– Oh no! – respondió ofendido Hano – Yo simplemente me he limitado a aconsejarte sobre la tela quenecesitabas y a ayudarte a escoger la mejor para tu amiga. Soy experto en telas, eso es cierto. Me formaron grandes maestros sobre el tema y se escoger el trozo de tela más conveniente en cada caso. Por eso he tenido éxito.

Kan asintió mudamente para darle la razón, en ningún momento había intentado “venderle”, es decir, empaquetarle un trozo de tela que no necesitaba o cobrarle de más, de hecho todo el tiempo había estado escuchando sus necesidades y después le había recomendado la cantidad exacta de la tela exacta que necesitaba. Después la decisión de comprársela a él y de coger más cantidad de la cuenta había sido del joven Samurai… de hecho el dueño del negocio de telas le había aconsejado que gastase menos de lo que finalmente gastó.

– ¿Y entonces como llevas tu negocio? – preguntó intrigado Kan.

– Pues de la única forma que yo podría hacerlo – Contestó Huno tomando otro sorbo de té – Como no sirvo para vender y no tenía dinero para abrir un puesto de comercio en la calle… pues abrí mi propio negocio de telas en el Salón de mi casa – El hombre sonrío con orgullo ante su gran idea. Kan todavía dudaba de que realmente la idea hubiera sido tan buena, no acaba de comprender como se podía llevar un negocio sin un puesto en el mercado, y así se lo dijo.

– Pero… ¿Como puedes vender entonces? – Kan le miró extrañado – No tienes expuestas tus telas, alguien que pase por la calle no puede adivinar que tu vendes telas… ¿No tienen ventaja sobre ti los Mercaderes de afuera??

– Eso es lo que me decían mis familiares cuando les conté mi idea – Huno se reía abiertamente – sin embargo yo fui más inteligente que ellos, supe ver la realidad sin dejarme influenciar por los estándares predefinidos.

– ¿Qué quieres decir? – Pregunto el joven Samurai

– Todo el mundo cree que para llevar un negocio con éxito hace falta tener un tenderete en la calle para exponer tus productos… o si no lo tienes ir picando por las puertas de las casas para intentar vender ¡¡¡No pueden estar más equivocados!!! – Huno estaba entusiasmando por lo inteligente que había sido – ¿Te has fijado en los tenderetes de fuera?

– Sí – respondió Kan – De allí vengo!

– ¡Exactamente! – Contestó enérgicamente Huno – ¡De allí vienes! – Y después de mirarle durante un segundo para aumentar el misterio añadió – En la calle la competencia es increíble, cientos de Mercaderes tienen sus tenderetes y se hacen una competencia mordaz unos a otros. ¿Por qué? Porque existen tantos puestos que los ciudadanos normales ya no saben donde ir. La mercancía de todos los puestos es muy parecida, los precios también… y todos son personas desconocidas en las que uno nunca sabe si puede confiar… ¿Estás de acuerdo con esto que te digo?

Kan asintió con la cabeza, recordó como el mercader de la calle había intentado cobrarle de más por una prenda, recordó como todas las mercancías eran más o menos iguales, recordó la avariciosa mirada de los mercaderes… a los que solamente les importaba su oro, no sus necesidades ni sus gustos. Lo único que querían era vender para obtener beneficios. Realmente era bastante desagradable comprar en esos puestos… Era imposible encontrar a un solo mercader totalmente honrado!

– Pues yo me di cuenta de que lo que la gente buscaba era alguien en quien poder confiar y… que les aconsejase sinceramente! – continuó orgullosamente Hano – así que decidí abrir mi propio negocio, totalmente distinto a los demás. ¡Eso hace que no tenga competencia! – Kan estaba sorprendido ante la simpleza y lo obvio de la solución tomada por Hano… así como de la realidad de la situación, nunca había visto las cosas de esa forma – Además yo tuve muchos menos problemas que cualquier mercader al principio. – Al ver la mirada interrogante del joven decidió aclarar más el asunto – Normalmente, para abrir un tenderete en la calle tienes que pedir permiso a las autoridades, rellenar mil y un papeles, pagar impuestos abusivos, desperdiciar el dinero en arreglar el local… y luego pasarte horas y horas en tu tenderete esperando a que los clientes se acerquen y te compren algo… ¡Es un riesgo increíble! – aseguró – Para ganar dinero de esta forma tienes que poder disponer de toneladas de dinero antes… y si no lo tienes pedirlo prestado a un usurero que andará toda la vida detrás de ti cobrándote intereses… – Entonces exclamó alegremente – ¡Yo lo hice más fácil! Simplemente abrí mi negocio en el Salón de mi casa, lo adorné un poco… y el dinero que tenía, en vez de gastarlo en impuestos y tonterías… lo invertí en conseguir las mejores telas de la más alta calidad. Dicen que “Paño de oro sólo se vende! ¡Y es verdad!

Kan estaba impresionado ante la inteligente filosofía de Huno.

– Lo primero que hice – Continuó Hano entusiasmando – fue avisar a TODAS mis amistades y familiares de que había abierto mi propio negocio de telas. – Hano sonrío recordando aquellos tiempos – Les envíe cartas a todos con pequeños catálogos describiéndoles mis telas y su alta calidad. A todos las personas que conocía les informaba de que tenía un negocio de telas de la más alta calidad… – Kan empezaba a comprender mientras el hombre hablaba – Al principio me preguntaban porque preferían comprar a un amigo que a un desconocido ¡Esto es obvio! De un desconocido no te puedes fiar… pero en un amigo confías, así que se sentían más seguros comprándome a mi. – el hombre señaló las telas – Cada amigo que me compraba quedaba encantado por dos cosas. La primera que yo siempre le aconsejaba sinceramente sobre lo que necesitaba, y la segunda porque mis telas son de la más alta calidad ¡No tengo competencia en este sentido! – dijo acariciando las sedas que tenía encima de la mesa – Además mis precios, aunque no son baratos… tampoco son demasiado altos, intento ser justo en ellos, de tal forma que mis clientes paguen exactamente lo que vale la tela y que yo me lleve un buen beneficio. – Hano se rió feliz – Además mis márgenes son mucho mayores porque no tengo ningún gasto, no tengo que pagar un local ni impuestos sobre él. Naturalmente doy a las autoridades la parte que les corresponde… pero como no tengo otros gastos ¡Gano mucho más que los mercaderes de la calle! ¡Y sin tantos problemas!

– ¿Y cómo haces saber a tus clientes que tienes nuevos productos? – Preguntó Kan – y ¿Cómo consigues nuevos clientes?

– Oh! ¡Muy fácil! – dijo sonriendo ante la sencillez de su método – Simplemente les escribo cartas. Suelo dedicar una parte del día a escribir cartas a mis amistades y a mis clientes informándoles sobre mis productos, sus cualidades y alguna oferta especial que hago de vez en cuando. Esa es toda la publicidad que necesito – y añadió – En cuanto a cómo consigo nuevos clientes… ¡Me los buscan mis clientes!

– ¿Cómo es eso? – Preguntó extrañado el Joven Samurai

– Muy fácil! Mis clientes están todos muy satisfechos de mis productos, así que me recomiendan a sus amistades… no es raro que un cliente me traiga a cuatro o cinco clientes en un par de meses… lo cual hace que mi clientela vaya creciendo poco a poco.

– Es maravilloso – exclamó el joven – y todos lo hacen? ¿Todos te traen clientes?

– Casi todos – dijo el elegante hombre girando la cabeza hacia un lado, y con una picara sonrisa añadió – a los que no lo hacen les pregunto si conocen a alguien a quien pueda interesar mis productos, anoto sus direcciones y les escribo una carta diciéndoles que su amigo me ha dado su dirección y que les recomienda mis productos únicos, les describo mis productos y les digo que si quieren alguna referencia que le pregunten a su amigo.

Kan reconoció internamente que era una jugada muy inteligente y decidió que a partir de ahora les preguntaría a todas las personas que rechazasen ser Samurais si conocían a alguien a quien pudiera interesarle, eso haría que pudiera reclutar a mucha más gente, también decidió recomendar a todos suSamurais que hicieran lo mismo que él.

– Por cierto joven Kan… ¿Conoces a alguien que le pueda interesar mis telas de alta calidad? – PreguntóHano como si tal cosa.

– Sí claro! – respondió automáticamente Kan – Escribe a mi madre, al palacio de Kazo, el general del generales. Compra muchísimas telas, estoy seguro de que estará encantada con tus productos… Y también a Escila, es una mujer Samurai muy bella que siempre anda mirando trapitos… puedes mandarles mi recomendación.

– Muchas gracias! ¿Te importaría darles mi tarjeta?

– ¿Tarjeta? ¿Qué es eso? – Preguntó curioso Kan

– Mira, es esto – Y le tendió un bello trozo de cuero con unas letras y dibujos grabadas a fuego en él. – Tiene escrito mi dirección y una breve descripción de los productos que llevo, es una buena arma de publicidad. Como es muy original llama la atención y hace que las personas que quieran comprar una tela se acuerden de mi. – y después de un momento de silencio añadió – Naturalmente también les mandaré una carta, así les picará la curiosidad y querrán comprobar por si mismas la calidad de las telas. – Hanosonrió – como verás utilizo técnicas poco comunes para llevar mi negocio.

– ¡Por mi Katana que SÍ! – respondió Kan – Aunque por el lujo que veo en tu habitación y en tus vestidos te debe de ir muy bien!

– Sí, es cierto! – le dio la razón el hombre acariciando su caro traje – al principio no tenía muchos clientes, pero ahora ya son casi cien!

– No son muchos para un negocio – respondió Kan escéptico.

– No para un negocio normal – le dio la razón Hano – sin embargo mis clientes son muy fieles, y siempre que tienen que comprar algo vienen a mi, en la práctica atiendo a dos o tres clientes cada día. – Y haciendo un gran gesto con su brazo para cubrir todo su salón añadió – vienen a mi casa, nos reunimos en este salón, me cuentan lo que necesitan, yo les aconsejo y se marchan con la mercancía que necesitan… y muy contentos. – y terminó diciendo – Además, como mis márgenes son amplios me proporcionan unos ingresos bastante altos… como bien puedes ver por el lujo que me rodea.

– ¡Eres un genio! – Halagó Kan al hombre – ¡¡¡Vaya olfato para los negocios!!! Has logrado tener un gran éxito en un mercado tan saturado como es el de las telas gracias a tus técnicas!

El hombre sonrío tiernamente por única respuesta, era agradable que le reconocieran sus méritos cuando al principio le habían tachado de loco. Ahora que tenía éxito los hechos demostraban que tenía razón. Era agradable que alguien se lo reconociera.

-Bueno, entonces me marcho. – Dijo al fin Kan – Le daré tú tarjeta a mi madre y a Escila con mis recomendaciones… llevas las mejores telas de la comarca, estoy seguro que más adelante vendrán de muy lejos para comprarte!

– Muchas gracias – contestó sencillamente Hano – serás bien venido siempre que vengas Samurai.

En ese momento entró la mujer que le había abierto la puerta y conducido a Kan al Salón con un paquete en la mano.

– Toma este regalo – dijo tendiéndoselo – es un osito de seda que cosí para mi hijo… – y una mueca de tristeza cubrió su rostro – tú podrás darle mejor uso.

– ¿Qué le pasó? – Preguntó el joven Samurai temiendo una desgracia.

– Nada – contestó Hano por la mujer – Mi esposa y yo nunca hemos llegado a tener hijos… parece que el destino nos niega esa última cosa que nos haría ser totalmente felices.

– ¿Tú mujer? – preguntó Kan, ella tímidamente asintió afirmativamente con la cabeza – ¡Oh! Debeisdisculparme! En un principio creí que era una criada… por la forma de moverse. – y agachando la cabeza en una reverencia ante la mujer añadió – ¡Discúlpeme señora! ¡Discúlpeme!

– ¡No te preocupes joven Samurai! – respondió ella graciosamente – Suele pasar, incluso es bueno para el negocio. Yo antes era la criada de mi querido esposo… con el tiempo nos enamoramos y nos casamos. – dijo enseñando un dorado anillo en su dedo que indicaba que estaba casada – El siempre insiste en que me vista como una señora… sin embargo yo me siento más cómoda con ropas sencillas, paso desapercibida en el mercado y nadie me molesta.

De repente a Kan se le ocurrió una idea brillante… ¡El destino estaba de su lado!

– ¿Desde hace mucho que deseáis un hijo? – Preguntó a la mujer.

– ¡Una eternidad! – contestó – o al menos eso me parece a mí. ¡Daría todas la riquezas de mi marido por un hijo al que cuidar!

Kan miró de reojo a Hano y vio que estaba acostumbrado a este tipo de comentarios de la mujer, así que decidió preguntar.

– ¿Y si yo te diera uno?

– ¿Cómo? – Preguntó extrañada la mujer.

– Conozco a un huérfano que apenas tendrá seis años. Es un chico muy alegre y guapo, tiene una gran habilidad con las manos y necesita mucho amor… y un techo que le proteja del frío invierno. No tiene a nadie que lo cuide y le quiera… quizás podrías cuidarlo como si fuera tu propio hijo, abrazándolo y queriéndolo como a tal. – Y mirando a Hano añadió – Y así tú tendrías a alguien a quien enseñar tus conocimientos sobre telas… un niño que haría muy feliz a tu mujer ¿Qué te parece?

– ¡En vaya compromiso me has metido! – contestó el hombre – Primero le metes las ganas a mi mujer de cuidar a ese niño y después me cargas la responsabilidad a mi! ¿Seguro que eres un joven Samurai y no un anciano Clérigo?

– Puedo ser más malo si quereis – contestó sonriendo Kan con cara de pillastre.

En ese momento sonó la campanilla de la verja y la mujer fue a abrir la puerta, al momento volvió con un niño.

– Este niño tan mono pregunta por ti Kan – dijo la mujer – dice ser tu guardaespaldas – añadió acariciando el pelo de Pio.

– Es de quien te había hablado – dijo directamente Kan a la mujer con tranquilidad, después de todo estaba haciendo una buena obra para ambas partes. Pio necesitaba unos padres y la pareja necesitaba un hijo. Así que lo más lógico es que vivieran juntos.

– ¡Yo no he hecho nada! – Respondió automáticamente el niño.

– Ja! Parece que está acostumbrado a armarlas! – Rió Hano nervioso viendo la encerrona en la que le estaban metiendo… no es que le disgustase la idea de adoptar al niño, el estaba tan deseoso como su mujer, sin embargo quería saber si el niño le gustaba realmente a su esposa – No sé, no sé ¿Tú que dices cariño?

– Es precioso dijo agachándose para ponerse a su altura.

– Gracias – contestó Pio sin saber de que iba el asunto – No me iras a vender verdad Kan???

– ¿Yo? – Contestó el joven Samurai sorprendido ante la pregunta de su amigo – solo estoy aconsejando a este matrimonio tan amable… – dijo recordando las palabras de Hano – y encontrando la mejor solución para todos – dijo sonriendo orgulloso ante su ingeniosa respuesta.

– Pero dará mucho trabajo – replicó Hano – No sé cariño, si fuera algo más mayor…

El hombre calló inmediatamente al ver la fulminante mirada de su esposa, y abrazando al niño como si fuera suyo dijo.

– Hano! Como no adoptemos a este niño vas a dormir en el cuarto de las telas durante toda tu vida – y terminando de decir esto empezó a llenar de besos la cabecita del niño que los recibía con el mismo agradecimiento que un sediento gotas de agua.

– Bueno! ¡Parece que no me queda opción! – contestó su marido haciéndose el hombre perjudicado… aunque su corazón estaba rebosante de alegría por su reciente adopción – ¡Puedes considerarte nuestro hijo desde este mismo momento! – dijo mirando a Pio.

El pequeño niño, incapaz de contestar por la emoción, se abrazó contra su nueva madre llorando de alegría.

– ¡Mamá! – dijo al fin entre suspiros y lloros.

– Eh… creo que sobro – dijo Kan incómodo – me marcho a llevar mi paquete ¿Puedes pasar a verme mañana al campamento? – preguntó a Pio, este asintió entre sollozos de alegría.

De repente una nube de humo apareció tras una ligera explosión, momentos después el humo se había disipado y Kan había desaparecido haciendo gala de uno de sus trucos Samurai.

En la calle Kan se seco la frente, podía oír las exclamaciones de sorpresa dentro de la casa y los sollozos de todos por la gran felicidad que les había traído ese día el destino. Se puso a caminar feliz por la buena obra que había hecho… y por haber conseguido la tela que buscaba. Estaba tan contento que se puso a correr hasta el campamento, sus pies parecían flotar sobre la hierba mientras él corría y corría cargado de energía y felicidad.

– Hola mamá! – Dijo Kan viendo a su madre al entrar en el palacio.

– Kan ¿De dónde vienes tan sudado? – Preguntó extrañada, los ejercicios físicos se hacían por la tarde y aun no era medio día.

– Del mercado, de comprar una tela para un vestido – dijo sencillamente, y después de darle un beso a su madre añadió – voy a cambiarme a mi habitación, quiero entregar la tela antes de comer en el campamento.

Su madre asintió con una extraña sonrisa en su boca que el joven Samurai no pudo identificar, como tenía prisa fue a lavarse y a cambiarse rápidamente. Poco después salía de la casa perfumado y limpio. Su madre, a la que no se le había pasado un solo detalle por alto mando a Gui, un Samurai experto en camuflaje que siguiera a su hijo y le informara después de todo lo que había hecho, así como dónde llevaba el paquete.

Kan vio a su amiga a las afueras de la enorme tienda que servía como cocina al ejército. Había supuesto que estaría aquí, puesto que sólo faltaba una hora para comer. Estaba sentada sobre la hierba con su larga cabellera negra extendida sobre su espalda, el Sol se reflejaba en su pelo dando aquella sensación de que las estrellas vivían entre sus cabellos. El joven Samurai estaba silenciosamente colocado a su espalda, y se sorprendió cuando vio que su mano estaba a punto de acariciar ese pelo que le tenía tan fascinado. Retiró la mano con un brusco movimiento que puso sobre alerta a Rosana, que se dio la vuelta rápidamente mientras que poniéndose de pies se fijaba en Kan.

– Perdona – dijo el joven Samurai – No quería asustarte.

– Hola! – Respondió la joven – No te preocupes, estoy acostumbrada con tanto Samurai por los alrededores – dijo sonriendo – te acabas acostumbrando cuando vives en un campamento Samurai.

Kan sonrío, nunca lo había pensado! Para él era de lo más normal encontrarse de repente con un amigo a un lado o con su padre en su espalda tocándole el hombro con su mano, símbolo de que le había pillado por sorpresa.

– ¡Tienes razón! ¡No me había dado cuenta! – Dijo rascándose la cabeza despistadamente – ¡Qué observadora eres! – Rosana se río ante la idea de que ese joven Samurai, que según decían era el más prometedor de todo el ejército no se hubiera dado cuenta de algo tan obvio. – Eh… Rosana, quiero pedirte disculpas por mi comportamiento de ayer, no pretendía avergonzarte de esa manera.

– No fue culpa tuya – contestó ella sentándose sobre la hierba e invitando que el joven Samurai se sentara a su lado – fue culpa de ese maleducado de Omius que me puso en ridículo delante de todos… – y haciéndole un guiño de complicidad a su nuevo amigo añadió – hoy he añadido cinco guindillas a su plato ¡Va a saber lo que es bueno ese sinvergüenza!

Kan agradeció internamente que le echara la culpa a su Samurai y no a él… parecía que los rumores sobre su terrible genio eran fundados!

– Yo quería darte esto para compensarte por el incidente… – y tendiéndole el paquete de cuero espero a que lo cogiera.

Rosana miró el paquete extrañada, tenía una forma extraña y supuso que sería una bolsa de shurikens o alguna otra arma rara Samurai… de todas formas lo tomó para no ofender al joven y después de dudar si abrirlo ahora o más tarde decidió que ya que el chico se había tomado la molestia debería agradecérselo en el momento. Bajo la atenta mirada de Kan empezó a desatar las correas que mantenían cerrado el paquete para encontrarse… ¡Con el trozo de tela más bonito que había visto nunca! Su color era perfecto! un azul claro precioso, su tacto era increíblemente suave… ¿Podría ser…? Sí! ¡Era Seda! Seda de verdad! Cuando lo acariciaba sonaba un delicado sonido que hacía desear tenerlo puesto, acarició el trozo de tela contra su cara y miró feliz al joven.

– Kan, es precioso! ¿Cómo has podido escogerlo tan bien? – Y antes de que el joven pudiera contestar añadió – ¿Por qué me lo has regalado? ¡No hacía falta! pero… ¡Es tan precioso! No sabía que fueras experto en telas! – Y abrazándolo de alegría añadió – ¡Oh Gracias Kan!

El joven Samurai no sabía que hacer, no había esperado una reacción tan exagerada por parte de Rosana, en el fondo no era más que un trozo de tela… o así lo veía él! Sin embargo estaba feliz por su amiga… y cerró los ojos para poder aspirar mejor el ensoñador perfume que surgía de los cabellos de la chica. Ella le soltó y empezó a medir si la tela sería suficiente para coserse un vestido… mientras tanto Kan no se había dado ni cuenta de que la había soltado y estaba idiotamente sentado con los ojos cerrados balanceándose ligeramente… sólo despertó al oír el gritito de alegría que soltó la chica al comprobar que tenía para más de dos vestidos con aquel trozo de tela tan hermoso.

– ¡Eres un cielo! – le dijo – ¡Hoy tendrás ración doble! – y echó a correr hasta su casa para guardar el trozo de tela en un sitio donde fuera imposible que se estropeara – ¡Gracias Kan! – Gritó mientras se alejaba.

Kan siguió un rato sentado viendo como se alejaba graciosamente sin darse cuenta de que dos personas le observaban a escondidas, una Gui, el Samurai mandado por su madre para espiarle y otra el Cocinero, el padre de la joven.

Para cuando despertó de su ensoñación ambos habían marchado y ya era hora de comer. Kan se levanto feliz por los acontecimientos del día. Había encontrado una familia para un niño y había hecho feliz a una nueva amiga… Aun y así el joven Samurai no acababa de comprender por qué su corazón, loco de alegría. Intentaba escapar de su pecho para seguir a aquella joven en su graciosa carrera.

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